Cómo hablar con fluidez

Lo que aprendí después de años hablando frente a otras personas

Hablar con fluidez parece algo sencillo hasta que tienes que hacerlo frente a otras personas.

Durante años me he dedicado a impartir clases y dirigir ceremonias y eventos. Hablar frente a grupos forma parte de mi trabajo y, aunque hoy puedo desenvolverme con mayor facilidad, no siempre fue así.

Cuando comencé a dar clases y a participar en eventos, hubo comentarios que se repetían constantemente:

“Hablas muy lento.”

“Te trabas mucho.”

“Te falta fluidez.”

Al principio no era fácil escucharlo. Yo conocía los temas, sabía perfectamente lo que quería explicar y tenía experiencia en lo que estaba haciendo. Sin embargo, una cosa era tener la información en mi cabeza y otra muy diferente conseguir que las palabras salieran de manera clara, continua y natural.

Con el tiempo entendí algo importante: saber de un tema no necesariamente significa saber comunicarlo.

Y ahí comenzó mi verdadero trabajo para mejorar mi fluidez al hablar.

Primero tuve que aceptar que podía mejorar

Creo que uno de los pasos más complicados fue aceptar los comentarios. Cuando alguien señala algo sobre nuestra forma de hablar, nuestra primera reacción puede ser justificarnos:

“Así hablo yo.”

“Es mi manera de expresarme.”

“Siempre he hablado así.”

“Mientras me entiendan, no pasa nada.”

Yo también pude haberlo tomado de esa manera. Pero cuando diferentes alumnos y clientes comenzaron a señalar cosas similares, decidí prestar atención.

Quizá el problema no era lo que sabía. Quizá necesitaba trabajar la manera en que lo comunicaba.

Fue entonces cuando decidí entrar a clases de Dicción y Manejo de Voz y descubrí que hablar con fluidez era una habilidad que podía entrenar.

¿Qué entendí por hablar con fluidez?

Al principio pensaba que necesitaba hablar más rápido. Después entendí que estaba equivocado.

Fluidez no es velocidad.

Puedes encontrar personas que hablan rapidísimo y resulta muy complicado seguir sus ideas. También existen personas que hablan con tranquilidad, hacen pausas y, aun así, mantienen completamente nuestra atención.

Para mí, hablar con fluidez comenzó a significar algo diferente: poder conectar mis pensamientos con mis palabras sin sentir que tengo que detenerme constantemente para buscar qué decir después.

Ese era precisamente uno de mis problemas.

Mientras daba una clase podía comenzar explicando una idea y, de repente, detenerme buscando la siguiente palabra. O quería explicar demasiadas cosas al mismo tiempo y terminaba perdiendo el hilo.

En algunos eventos me sucedía algo parecido. Sabía qué quería decir, pero pensaba demasiado cada frase antes de pronunciarla.

Pensaba.

Hablaba.

Me detenía.

Volvía a pensar.

Y continuaba.

Yo sentía esos silencios de una manera, pero quien estaba escuchando podía percibirlos como falta de seguridad o incluso falta de preparación.

Descubrí que mi respiración también influía

Una de las primeras cosas que trabajé fue la respiración.

Nunca había pensado demasiado en ella. Respiramos automáticamente durante todo el día, así que parecía extraño pensar que necesitaba aprender a respirar para hablar.

Sin embargo, comencé a notar algo.

A veces iniciaba una frase con suficiente aire y quería terminar toda la idea prácticamente con la misma respiración. Conforme se terminaba el aire, cambiaba mi velocidad, disminuía mi volumen o aparecía una pausa en un lugar poco natural.

Los ejercicios de respiración me ayudaron a entender mejor dónde tomar aire y, sobre todo, cómo administrarlo mientras hablaba.

También aprendí algo que hoy considero fundamental:

Hablar con fluidez no significa hablar sin pausas.

La pausa también forma parte de la fluidez.

La diferencia está entre hacer una pausa porque quiero darle intención a una idea y detenerme porque no encuentro qué decir.

Comencé a leer en voz alta

Otro ejercicio que incorporé fue la lectura en voz alta.

Parece sencillo, pero cuando realmente prestas atención descubres muchas cosas de tu manera de hablar.

Comencé a observar si terminaba correctamente las palabras, si abría suficientemente la boca, si pronunciaba claramente las consonantes y si podía mantener un ritmo constante.

Al principio me trababa.

Había frases que tenía que repetir.

Algunas combinaciones de palabras parecían especialmente complicadas.

Pero seguí practicando.

Poco a poco entendí que la boca también necesita entrenamiento. Queremos que responda rápidamente a nuestros pensamientos, pero pocas veces hacemos ejercicios específicos para desarrollar esa coordinación.

La lectura en voz alta comenzó a formar parte de mi práctica de Dicción y Manejo de Voz y fue una herramienta importante para mejorar pronunciación, ritmo y continuidad.

Tuve que dejar de buscar la palabra perfecta

Este fue otro gran descubrimiento.

Muchas veces me detenía porque quería encontrar exactamente la palabra correcta.

Quería construir una frase perfectamente antes de decirla.

El problema es que cuando hablamos normalmente no tenemos un guion preparado. Nuestro cerebro está pensando prácticamente al mismo tiempo que nuestra boca está hablando.

Si intento revisar mentalmente cada frase antes de pronunciarla, naturalmente voy a hablar más lento.

Así que comencé a practicar algo que inicialmente me costaba mucho: hablar sin preparar demasiado lo que iba a decir.

Elegía un tema cotidiano y hablaba durante uno o dos minutos.

¿Qué hice ayer?

¿Qué aprendí esta semana?

¿Qué pienso sobre determinado tema?

¿Cómo explicaría mi trabajo?

No importaba demasiado el tema.

El objetivo era mantener una idea en movimiento.

Comencé a entrenar la asociación de ideas

Otro ejercicio que encontré muy útil fue trabajar con palabras relacionadas.

Por ejemplo:

Escuela → alumnos → aprendizaje → experiencia → conocimiento → práctica.

Después intentaba construir una pequeña explicación utilizando esas palabras.

Este ejercicio me ayudó a entender que la fluidez no solamente depende de la boca.

También depende de qué tan rápido puedo conectar una idea con otra.

Mientras más asociaciones puedo construir mentalmente, más caminos encuentro para continuar hablando.

Esto fue especialmente importante para mis clases.

Aprendí a explicar lo mismo de diferentes maneras

Como me dedico a impartir clases, este ejercicio terminó convirtiéndose en uno de mis favoritos.

Tomaba algún concepto que conocía perfectamente y trataba de explicarlo de tres formas diferentes.

Primero como normalmente se lo explicaría a mis alumnos.

Después como si estuviera hablando con alguien que no conoce absolutamente nada del tema.

Finalmente intentaba explicarlo en solamente 30 segundos.

Eso me obligaba a cambiar palabras, construir ejemplos y encontrar maneras diferentes de comunicar una misma idea.

También comenzó a ampliar mi vocabulario activo.

Porque una cosa es conocer muchas palabras y otra muy diferente es tenerlas disponibles cuando estamos hablando.

La improvisación me ayudó mucho

Durante mi proceso también descubrí el valor de improvisar.

Improvisar no significa hablar por hablar o decir cualquier cosa.

Para mí significa aprender a organizar un mensaje mientras estoy hablando.

Comencé con ejercicios muy sencillos.

Tomaba cualquier objeto que estuviera cerca de mí y hablaba durante un minuto sobre él.

Un vaso.

Una silla.

Un teléfono.

Un libro.

Había ocasiones en las que después de veinte segundos ya no sabía qué más decir.

Precisamente ahí comenzaba el verdadero ejercicio.

Tenía que encontrar otra perspectiva.

Describirlo.

Relacionarlo con alguna experiencia.

Contar una historia.

Imaginar otro uso.

Compararlo con otra cosa.

Y continuar.

Poco a poco comencé a notar cambios

No voy a decir que después de algunas clases dejé de trabarme.

No sucedió así.

Me seguía equivocando.

Seguía teniendo pausas demasiado largas.

Había días en los que sentía que avanzaba muchísimo y otros en los que parecía regresar al punto de partida.

Pero la práctica y la constancia comenzaron a hacer su trabajo.

Durante una clase podía desarrollar una explicación durante varios minutos sin estar pensando constantemente en cuál sería mi siguiente palabra.

En las ceremonias y eventos comencé a sentirme más cómodo cuando tenía que improvisar.

Y cuando me equivocaba, aprendí algo todavía más importante:

podía continuar.

La constancia ha sido más importante que cualquier ejercicio

Si tuviera que elegir el aprendizaje más importante de todo este proceso sería este:

No encontré un ejercicio mágico.

Encontré muchos ejercicios que funcionan cuando los practico constantemente.

Leer en voz alta.

Trabajar respiración.

Practicar pronunciación.

Improvisar.

Explicar conceptos.

Jugar con palabras.

Grabarme.

Escucharme.

Detectar errores.

Volver a intentarlo.

Todo eso ha formado parte de mi proceso.

El Entrenamiento de Dicción y Manejo de Voz me permitió descubrir herramientas, pero después tuve que practicarlas una y otra vez hasta comenzar a incorporarlas a mi forma cotidiana de hablar.

Y sigo haciéndolo.

¿Hoy hablo perfectamente?

Todavía puedo trabarme.

Todavía existen momentos en los que una palabra no aparece inmediatamente.

Todavía puedo sentir que alguna explicación no salió exactamente como quería.

Pero cada vez sucede menos y, sobre todo, cada vez me resulta menos complicado resolverlo.

Para mí, esa ha sido una de las mayores diferencias.

Antes estaba demasiado pendiente de cómo estaba hablando.

Ahora puedo concentrarme mucho más en qué quiero comunicar y en la persona que me está escuchando.

Lo importante es identificarlo y comenzar a practicar.

Si actualmente sientes que te trabas, hablas demasiado lento, pierdes fácilmente el hilo de tus ideas o simplemente quieres comunicarte con mayor naturalidad, un Entrenamiento de Dicción y Manejo de Voz puede darte herramientas para trabajar estas habilidades de manera práctica y constante.

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